Uy, ya me toca hablar de Marrakech y todavía no tengo muy claro cómo transimitr lo que fue estar ahí.
A ver, vayamos paso a paso.
Para empezar, Marrakech tiene un encanto y una magia innegables, pero muy distinto al que estamos acostumbrados en Occidente.
Ya salir del aeropuerto fue como entrar a una película: nosotros dos en un Viejo Mercedes blanco devenido taxi, manejado por el típico chófer que uno elegiría para el casting de una película que sucede en el tercer mundo árabe, cuyo inglés era completamente inentendible, y yendo por un camino flanqueado de inmensos carteles con la cara del rey sucediéndose cada 30 metros. Un flash.
Primer hecho incontestable: para comunicarse en Marrakech hay que hablar en árabe o en su defecto, en francés. Como el árabe no lo domino, tuve que desempolvar las clases de 4to y 5to año de antoinette, que increíblemente tantos años después seguían bastante vigentes.
Estábamos en Africa !!!!! Y el paisaje, era inconfundible.

No sé si por tradición o por ordenanza municipal, todos los edificios están pintados en la amplia gama de colores que va desde el terracota al salmon clarito
Estos colores combinan perfectamente con el color de la tierra y con el calor que hace durante el día, la sensación de aridez es perfecta. Como uno hubiera pintado el set de una película.
( la duda es …en las pinturerías habrá azul, por ejemplo, o ni se gastan en hacerlo?)
En un momento el taxi paró y se nos vinieron un montón de viejitos al humo, a abrir el baúl del auto y querer cargar las valijas en unos carritos, mientras nosotros todavía estábamos adentro.
Los protagonistas de las películas suelen ser víctimas de delitos varios, eso sumado al hecho de no entender nada de lo están diciendo alrededor, te genera una paranoia fílmica, que te hace sentir que ya está, te quedaste sin valijas, que te hace ver a un cómplice de robo en un nenito que te intenta guiar por callecitas laberínticas, que te hace imaginar a vos mismo despertándote a la vera de un arroyo despojado de todas tus pertenecias después de haber sido narcotizado con el té de menta que te ofrecieron unos desconocidos.
Por último, cuando tu película mental termina y te das cuenta dónde estás, ves que la ciudad respira buena vibra, que la gente vive del turismo, que quienes se te acercan en la calle lo que más quieren es conseguir una buena propina y que lo peor que te puede pasar es pagar de más alguna de las mil cosas que terminás comprando.